
En la actualidad, el niño preescolar promedio pasa unas dos horas al día frente a una pantalla, el doble del límite de una hora establecido por la Organización Mundial de la Salud para los niños de 2 a 5 años (OMS, 2019).
El objetivo no es eliminar las pantallas, sino establecer pautas de uso que protejan las experiencias críticas para el desarrollo y, al mismo tiempo, aprovechen los beneficios potenciales de unas herramientas digitales bien diseñadas.
Casos problemáticos como la niñita que tuvieron que llevar al doctor, ya que no era como otros niños, ya que parecía ser especial, pero al mismo tiempo no, la niña no sabía ni entendía cómo jugar con ningún juguete o cualquier objeto, solo le gustaba usar un teléfono inteligente y utilizar solamente un dedo para jugar, y claro depender un celular no es algo natural, pero para esta niña era lo único que conocía.
A lo que llega Maria en el consultorio, no se acercaba a las escaleras ni nada que no fuese totalmente plano, si estaba cansada, daba giros, algo muy raro que también era mover las manos con mucho desespero, un comportamiento que es normal en un niño especial, pero no uno que antes nunca mostró ese tipo de cosas.0
A la Dra. Mendez a lo largo de 10 años, notaba que muchos niños tenían problemas para entender dónde estaban y las cosas que pueden y no pueden hacer, y el mayor culpable, el celular, la falta de la atención parental. Saber que podría ser peor pero todavía no hemos llegado a ese momento, se acerca a su compu, mientras en el pasillo Maria camina como si fuera un robot, la madre se sienta y ve unos cuantos videos de sus pacientes.
En el vídeo aparece como un niño de 5 años, está quieto como una pintura en un cuarto, a su lado una Dra le dice con voz tierna si quiere jugar con algún instrumento, pero él ni la voltea a ver y tampoco le importa ver los los instrumentos, el solo miraba la pared, en los 2 casos los niños no miran a los ojos, no hablan casi nada y a veces hace movimientos raros, no son especiales, pero parecen serlo.

Uno de cada cinco niños pequeños tiene ahora su propia tableta, y uno de cada diez tiene un teléfono móvil o un teléfono inteligente.
«Teníamos que mantener a nuestra hija, que aún no iba a la guardería, entretenida para poder trabajar o estudiar», dice el padre de Maria, quien espera pacientemente a que termine su sesión de fisioterapia. Recuerda bien el tormento de tener que hacer de todo. Él trabajaba fuera de casa. Su esposa iba a un curso de francés y hacía las tareas del hogar. Mientras estudiaba, cocinaba o se bañaba, entretenía a su hija pequeña con su celular o la sentaba frente al televisor.
Un estudio de la Universidad Austral y el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat porteño relevó cómo usan celulares, tablets y TV las familias con niños pequeños. Qué efectos preocupan más y por qué no todos pueden poner los mismos límites. Lo que los doctores notan todos los días se confirma con las cifras actuales: desde 2020, son más los niños de dos a cinco años, que ya tienen un celular en sus manos, según el último estudio de miniKIM. Uno de cada cinco niños pequeños tiene ahora su propia tableta, y uno de cada diez en este grupo de edad tiene una tableta o un celular.
Muchos padres critican el uso de celulares por parte de los niños, y casi la mitad de los representantes principales también ven ventajas. Algunos esperan que tenga un efecto en el aprendizaje: los padres de habla alemana permiten que sus hijos practiquen inglés con aplicaciones, mientras que los padres extranjeros las usan para enseñarles otras idiomas.
El estudio retoma, además, investigaciones que asocian la exposición a pantallas durante los primeros años con dificultades en el desarrollo del lenguaje y las habilidades de comunicación, tanto en la comprensión como en la amplitud del vocabulario. También menciona posibles efectos sobre la atención a los estímulos del entorno, las experiencias sociales, la resolución de problemas y la comunicación con otras personas.
La niña parecía estar divertida, dice el padre. Pero con el tiempo, Maria cambió. Se encerró en su mundo y reaccionaba con temor a lo que estaba cerca de ella. «No tenía equilibrio y no tocaba nada», recuerda el hombre. Luego añade en voz baja: «Y nunca nos besó».
Pasar tanto tiempo viendo televisión o el celular afectaron a Maria por las noches. Su mente seguía ocupada y soñaba con los videos que había visto, mientras dormía y se despertaba de un brinco. «Nuestra hija gritaba los nombres de los programas de televisión», recuerda el padre, aún atónito.
Él y su esposa estaban seguros: algo andaba muy mal. Consultaron con un doctor y poco después le prohibieron todo tipo de aparato electrónico en la vida diaria de su hija. Para cambiarlo, le dieron legos, muñequitos y audiolibros en casa para ofrecerle a su hija experiencias tangibles.
Hoy, el padre mira con temor a otras familias que les dan celulares a sus niños. Él mismo nunca olvidará el momento en que él y su esposa descubrieron el daño que las tantas horas frente a una pantalla le habían causado a su hija. «Nos miramos y pensamos: Hemos hecho algo mal, es culpa nuestra», dice en voz baja.
El estudio escribe: “En los sectores más vulnerables, el uso de pantallas aparece más fuertemente asociado a la falta de redes de apoyo, la sobrecarga concentrada en una única persona cuidadora, frecuentemente mujer, y la necesidad de sostener tareas básicas en contextos de mayores restricciones materiales”.
Base de este articulo fue infobaes y el banco mundial de la salud.